Si hay algo evidente es que el papel de la mujer, tanto en la casa, como en el trabajo, ha variado sustancialmente a lo largo de los años. Hoy día existe una creciente incorporación de la mujer al trabajo, con una carga mayor de responsabilidades. Esto conlleva a que la mujer decida optar por considerar la maternidad de forma más tardía; es decir, se plantea el hecho de tener suficiente seguridad laboral y de calidad de vida. Sin embargo, hay madres que sufren fuertes trastornos tras su reincorporación al trabajo después de su maternidad.
La mujer ya ha superado la discriminación laboral a la hora de acceder a un puesto de trabajo, aunque los ingresos sigan siendo inferiores a los del hombre. Su presencia en las universidades es ya superior respecto al sexo masculino. Y sin embargo, todavía existe algo arraigado en la sociedad que obliga a la mujer a realizar un mayor esfuerzo sobre el hombre: la sufrida y doble jornada laboral que impone a las trabajadoras llegar cansadas al hogar y coger entonces el relevo del trabajo doméstico.
Desde los años 80, las mujeres se han lanzado con una necesidad latente al mercado laboral, pero sólo hacia aquellos sectores en los que una sociedad eminentemente machista les ha dejado actuar.
El papel de la mujer en la sociedad actual dista mucho de la figura del ama de casa que no trabaja y que debe su tiempo y su vida al hogar y a los hijos. De su dedicación al ámbito privado y familiar, la mujer ha saltado, cuantitativa y cualitativamente, al mundo laboral.
En los últimos años, la fémina ha hecho acto de presencia en el mundo empresarial. Y, de la misma forma que el sexo opuesto, ha levantado los cimientos para hacer realidad lo que hasta entonces sólo era una idea brillante. A través de ayudas del Estado y organizaciones de carácter exclusivo para la mujer, ya no existe ninguna excusa. Sólo es cuestión de vocación y arraigo.